Tuesday, May 22, 2007

La Cara Norte.

En la mochila llevo todo cuanto tengo.

No soy lo que poseo (que es NADA), no obstante, lo que guardo en mi mochila puede dar algunas pistas.

A todos sitios voy con ella: La universidad, el trabajo, a patinar, al pub irlandés, a la taberna española. A buscar spots, a surfear, a ver el fútbol, a leer el periódico en la calle. A mirar el mar.

Ahí dentro llevo por ejemplo, el proyecto fin de carrera. Unos kilos de papel y otros cuantos CD. La culminación de casi una década de lucha por sacar la familia adelante y labrarme un futuro acorde a mi estúpidamente ambicioso cerebro, metida en una bolsa que va de un lado a otro con media cremallera abierta. Hace poco un coche de policía se paró a mi lado en un semáforo. El copiloto miró el monopatín. Miró las zapatillas. Mis pantalones, mi pulsera, las pegatinas del casco… y cuando lo vio todo, buscó contacto visual. Encontró mis ojos entre la ranura del caso. Su muesca chulesca se enderezó, metió su brazo vacilante en el coche y sacó media cabeza: - Lleva usted la mochila algo abierta. Le di las gracias mientras le respondía en mi imaginación – Ah, no importa… total, para lo que me va a servir el puto proyecto, por mí como si le prenden fuego. Dos semanas después me robaban la moto delante de casa, espero que la policía siga tan observadora y encuentre lo que quede de ella.

Llevo también mucha música con la que vestir mis estados de ánimos, pintar las incoloras horas de monotonía y enchufar energía en los entrenamientos. Esas imprescindibles notas destrozan las cadenas del deber en los descansos mentales que secretamente doy a mi mente cuando trabajo; son, asimismo, el viento que me empuja cuando ruedo en el patín o la inyección de valentía que necesito para atacar de nuevo esa barandilla y deslizarla. Joder, donde he puesto la canción de Bloc Party, que sin ella no me atrevo.

Esta bolsa con asas es impertérrito acompañante ante las malas noticias. En mi hombro está un compañero que me da su hombro; buen amigo, siempre que lloro a solas me acompaña. No son contradicciones.

También en ella guardo mi ropa: El estilo que quiero plasmar y el que proyecto inconscientemente. La moda puede ser una inmediata forma de arte con la que impregnar en el día la sensibilidad que me acompaña en cada despertar. No falta la gorra o el sombrero para quitarme los pelos de la cara que si no, no veo los flips. Hoy toca sombrero, el dandy se ha levantado coqueto.

Los papeles de la moto van fijos. Los documentos legales de esa scooter que compré para poder dejar de coger cuatro transportes diarios en mi camino hacia la facultad o el trabajo. La moto que unos hijos de puta me robaron. Robasteis a un pobre, cabrones, no tenéis justificación.

Las gafas de sol: Mi tez blanca, pecas y el pelo rojo me hacen muy débil ante el sol. De pequeño tenía pesadillas con que el sol me cegaba: No podía abrir los ojos aunque lo intentara. Todo se volvía insoportablemente blanco, me desorientaba. Ni mis manos tapándome la cara podían cubrirme de ser deslumbrado. Las gafas de sol son mi armadura. Cuando entro en los centros comerciales las llevo puestas; no es que quiera ir de estrella, es para protegerme de tanta gilipollez: No quiero comprar un loro de Madagascar para el que habéis sacrificado a veinte en el camino. No quiero gastarme tres euros en unas palomitas que me puedo hacer en casa. No quiero contratar un centro de vacaciones, antes me suicido. No me compraré el móvil de última generación, yo sólo lo uso para llamar. No voy a sacarme la tarjeta de cliente frecuente, señorita, ¿puedo irme ya? Que no quiero leer el libro de Dan Brown, ni escuchar el top ten de música. No necesito esas herramientas de bricolaje, por muy engañosamente baratas que las publiciten. Yo venía a por carne, leche, vino y garbanzos, tampoco necesito yogur con biometaoligoelementos trifásicos. Sólo me bajo las gafas un segundo para mostrar mis ojos a la señorita cajera cuando le doy las gracias.

Más cosas que llevo en la mochila: Pastillas. Mi cerebro va a mil por hora, no descansa. Los dolores de cabeza son diarios. Los mareos, frecuentes. Las resacas y sus posteriores depresiones, ocasionales.

Unos guantes de entrenamiento y la botellita de agua.

Chocolate. Mis sedientas neuronas beben cacao y azúcar constantemente.

La multi-herramienta del monopatín. Una all in one para afinar el skate como si de una guitarra española se tratara.

Libros. Los de verdad, no los de la “uni”. Esos que me suben a la cumbre hasta alcanzar la perspectiva desde la que tomar Las Decisiones.

El mismo feo estuche de propaganda que uso desde el instituto. Simboliza mi sempiterna pobreza y la lucha que he emprendido contra el destino programado por mi entorno: Desde un escritorio, con mesa, papel y boli como únicas armas materiales.

Todo lo que he mencionado es lo que tengo. No tengo nada, y por tanto nada que perder. Sin posesiones y el objetivo claro soy difícil de vencer. Ser pobre me ha hecho, de alguna manera, LIBRE.

No tengo más que a mí mismo, lo que yo sea y como sea con los demás. Mi capacidad, mi criterio. Desde luego no soy lo que poseo, sino lo que soy ahora y lo que quiero llegar a ser. Tener claro esto me ha ayudado a invertir en mi mismo, en mi proyecto como Hombre.

¿No adivina aún el lector la marca de la mochila? Era la más grande de la tienda. El Señor F se reía de mí cuando la compré porque me la probaba de distintos colores delante del espejo, como si fuese una prenda de ropa. Una North Face. Cara de nórdico dicen algunos que tengo. Y allí emigro, a la cara norte del mapa.

De una de sus asas cuelga una etiqueta de identificación de Iberia. La he dejado puesta porque llevarla me alivia. Como cuando me siento en la biblioteca de la universidad junto a una ventana para que mi alma respire, del mismo modo que el animal enjaulado mete el hocico entre los barrotes para engañarse y sentirse más fuera, más cerca de la jungla. Otro día hablaré de la jungla. Ver la etiqueta me recuerda que he viajado, que he estado fuera de la celda. Juego con ella abriéndola y cerrándola; entonces inspiro… y retornan los recuerdos de haber VIVIDO, junto con la esperanza de volver a hacerlo, de volver a viajar.

Cuando me largue de nuevo lo haré con mi mochila, eso seguro. Su peso hundiendo mis hombros me hace tan, tan ligero. En ese momento mi organismo recuerda todo esto que he contado antes y al subirla sobre mi espalda se abraza a mí produciéndome unas cosquillas que me preparan para la ascensión… todo mi cuerpo, toda mi mente se preparan para despegar…

Se preparan para VOLAR.

3 comments:

David said...

Yo también tengo una etiqueta de identificación en mi mochila. Nunca la quito y no sabía por qué me reconfortaba verla ahí. Gracias por explicármelo :-)

el pelao said...

tené cuidado, te vas a joder la espalda.

Señor E said...

"tené cuidado, te vas a joder la espalda." JAJAJAJA, vale lo tendré :-D